Así nació Diana

 




Desde que tengo memoria, anhelé ser una nena. Mi mayor fascinación era observar a mamá y a mi hermana mayor prepararse. Las admiraba mientras se vestían con sus faldas cortas, medias relucientes y zapatillas altas, radiantes de una feminidad que para mí era inalcanzable. Era un espectáculo que atesoraba en secreto.

Cuando el gran cambio me convirtió en mujer, no hubo terror, sino éxtasis. Era un sueño hecho realidad. Cuando mamá y mi hermana aceptaron que era irreversible, me tomaron de la mano con una sonrisa comprensiva. "Entonces, debemos enseñarte a ser una mujer", dijeron.

Nuestra primera misión fue el centro comercial. Fue un rito de iniciación. Sus manos expertas eligieron para mí bragas de encaje y mi primer sostén. Bajo las luces del probador, me deslicé en vestidos y faldas que se acoplaban a mis nuevas curvas como un guante. Mi reflejo en el espejo ya no era el de David. Una adolescente con pequeños pechos y caderas más redondeadas me devolvía la mirada, con un brillo de reconocimiento en los ojos.

En ese instante, no hubo dudas... Ya no era David. Con la aprobación de las mujeres que siempre admiré, y con la nueva ropa colgando de mi brazo, ahí, entre sedas y sonrisas, nació Diana. Por fin, mi cuerpo coincidía con el alma que siempre llevé dentro.