Las Pastillas

 

Había leído sobre ese medicamento en un foro de culturismo. Prometía resultados increíbles: aumento de masa muscular, definición, el cuerpo de un verdadero macho alfa. La tapa del frasco mostraba a un tipo enorme, musculoso, abrazando a una mujer curvilínea. Justo lo que quería.

El problema: las instrucciones estaban en un idioma asiático que no entendía.

Pero dos pastillas al día son dos pastillas al día, ¿no? Una en la mañana, otra en la noche. Dosis normal.

Las primeras semanas no noté nada raro. Hasta que empecé a verme al espejo y algo no cuadraba. Mi pecho... no era pecho de hombre. Eran senos. Bonitos, suaves, redondos. Mi cintura se estrechaba, mis caderas se ensanchaban. La piel, antes áspera, ahora era sedosa.

Entré en pánico. Busqué el email en el empaque y escribí. La respuesta llegó rápido:

"Lo sentimos. El frasco que recibió corresponde a la versión femenina del producto. La imagen en la tapa era genérica. No hay devoluciones."

Colgué el teléfono y sentí un vacío en la boca del estómago. Algo se asentó dentro de mí.

Esa noche soñé con Gustavo. Un chico de la oficina, ese que de pronto me pareció atractivo pero no lo quería admitir. En el sueño estaba en sus brazos, me sostenía con fuerza, me poseía. Entraba en mí. Desperté acelerada, confundida... y húmeda.

Mi ropa ya no me quedaba. Los hombros se habían angostado, las caderas pedían espacio. Fui a una tienda y compré bragas, tangas, sujetadores. Vestidos. Faldas. Pagué en efectivo, sin mirar a la vendedora, con las manos temblando.

Intenté dejar las pastillas. Un día, dos, tres. Pero me sentía vacía, irritable, incompleta. Como si algo faltara. Como si mi cuerpo reclamara lo que ahora necesitaba.

Volví a tomarlas.

Y supe, con una claridad que helaba la sangre y a la vez calmaba todo, que estaba condenada a vivir así. Que no había vuelta atrás.

Ahora, cuando me miro al espejo, veo a una mujer. Y cuando pienso en Gustavo... bueno, digamos que ya no me escondo de esos pensamientos.