Suya

 


El sol entraba por la ventana. Bruno se acercó a mí y me tocó como si fuera de él.

—Mírate —dijo, agarrándome la barbilla con fuerza—. La pastilla rosa transformó tu cuerpo y el sexo todas las noches te han domado.

Quise bajar la vista, pero me sujetó. Me sentó sobre él y puso sus manos en mi trasero sin vergüenza.

—Hoy vuelves a ser mía —siguió—. Sé complaciente. No me falles.

Antes, "fallar" era reprobar un examen. Ahora era negarme a obedecer.

—Tranquila —susurró—. Me casaré contigo. Quiero que me des un hijo pronto. Te encontré robando en mi casa, estabas lleno de problemas… y ahora eres mía.

Me apretó con fuerza. Sonreí sin ganas, asintiendo. Miré la ventana y supe que no había salida. Pero la jaula era cómoda… y ya estaba empezando a disfrutarla.

Esa noche, cuando me puso en cuatro y me hizo gemir, supe que ya no quería escapar. Quería ser su esposa. Quería darle un hijo. Y por primera vez, desearlo no me daba miedo.





Estás guapísima



—¡Estás guapísima, cariño! —me dijo mi tía Larissa—. ¿Ves? Te dije que con el tiempo te acostumbrarías a tu nuevo cuerpo. Ahora eres una mujer de verdad. Cuando el Gran Cambio sucedió, ¿recuerdas cómo llorabas? Ahora mira la sonrisa en tu rostro. Al principio no querías seguir mis consejos, pero ahora confías plenamente en mí. Estoy muy orgullosa de ti, cariño, pero ahora es momento de una pequeña prueba.

—Me gustaría presentarte al hijo de un amigo. Tiene una empresa y una docena de empleados, es un jovencito muy exitoso. Es un hombre muy dominante. Sé que serías perfecta para él. ¿Cómo que para qué? Serás su novia y quizá algún día su obediente esposa… esperemos que todo salga bien entre ustedes. Te verías preciosa con un vestido de novia.

Me mordí el labio sin querer. Ella lo notó y sonrió.

—Ya veo que la idea no te desagrada —susurró, acercándose—. Y cuando él te tome por la cintura y te bese el cuello, vas a olvidar que alguna vez fuiste hombre. Créeme, una mujer dominada por el hombre adecuado… disfruta cada segundo.

Esa noche, antes de dormir, me toqué pensando en él. Y por primera vez, gemí en silencio como una mujer.




Que diferencia


Qué diferencia hace un año. El año pasado, a esta misma altura, yo era un hombre.

Ahora, un año después, vivo completamente como una mujer y soy la esposa de Mateo.

Debo esperarlo con la cena servida y con un vestido bonito. Si me porto bien con él, me recompensa tratándome bien y satisfaciendo mis nuevas necesidades femeninas.





La tradición familiar


"Ya tienes dieciocho años, Mateo. Es hora de que aprendas las habilidades necesarias para ser una buena esposa".

"¡Pero yo no quiero convertirme en esposa! ¡No quiero usar esta ropa!"

Las palabras salieron de mi boca con un temblor que recorrió mi cuerpo recién transformado. El vestido me cubría como una segunda piel, sus plisados acariciaban mis nuevas piernas femeninas. Los tacones me hacían sentir inestable, tanto física como emocionalmente.

"Yo tampoco quería convertirme en esposa cuando tenía tu edad", confesó mi tía, acercándose para ajustar el collar alrededor de mi cuello. "Pero durante generaciones, los hombres más delicados de nuestra familia se han convertido en esposas. Y tú no serás diferente".

Sus manos, expertas después de años viviendo como mujer, arreglaron los pliegues de mi falda. "Te ves hermosa con ese cuerpo y esa ropa. Te acostumbrarás a usar vestidos, medias y tacones. Pronto comenzarás a salir con un hombre y te hará suya." Sus palabras me hicieron estremecer de una manera que no podía comprender completamente. "Te encantará ser mujer, Matilde. Pronto serás esposa y madre."

Mi tía se inclinó para susurrarme al oído, su voz cargada de una experiencia que yo aún no podía imaginar: "Estarás en cuatro pidiendo más, preciosa. A mí sí me terminó encantando."


Los hombres te mirarán a menudo

 


Mis dedos se enredaban en el plisado de mi falda. "Mamá... tengo miedo". Dije, sintiendo un torbellino dentro de mí.

Cada paso fuera de casa era una prueba. La falda, un peso traicionero que susurraba alrededor de mis muslos. Las medias, una segunda piel sedosa que ceñía mis piernas. Y los tacones, una arquitectura perversa que forzaba mi cuerpo en un balanceo antinatural, una cadencia femenina. 

"Me da vergüenza caminar por la calle", confesé, sintiendo el rubor subir por mi cuello. Era la vergüenza de ser un espectáculo, de sentir mi andar diseccionado por miradas invisibles. "Los hombres me miran... He visto a algunos... con un bulto duro en los pantalones".

Esa imagen se había grabado a fuego en mi mente. No era una mirada de admiración, sino de apropiación. Eran miradas que me reducían a la suma de mis nuevas partes: las caderas que oscilaban, el pecho que ahora tenía un peso tangible, las piernas alargadas por los tacones.

Mi madre se acercó con una sonrisa. 

"Está bien, mi niña. No seas tímida". Sus ojos recorrían mi nueva silueta con un orgullo que yo no podía compartir. "Ya no eres un chico".

Puso la mano en mi hombro y continuó. 

"¡Eres una jovencita hermosa!", declaró, como si la belleza fuera un consuelo. "¡Acostúmbrate! Los hombres ahora mirarán a menudo tus pechos femeninos, tus caderas redondeadas y tus piernas bien formadas".




3 deseos





Durante un viaje a Egipto, encontré un anillo ancestral. Al limpiarlo, liberé a un genio que me concedería tres deseos, con una condición: debía pedirlos todos juntos. A mis 45 años, sintiendo que la vida se me había escapado sin una familia, creí tener la solución. Con premura, deseé: "Quiero ser más joven, tener una pareja y una hija".

Al despertar, la realidad se había reorganizado de la manera más literal y brutal. Mi voz era suave, mi cuerpo, joven y femenino. Un hombre roncaba a mi lado y el llanto de un bebé provenía de una cuna. Cuando mi "esposo" despertó, me dio una palmada casual en las nalgas. Un escalofrío, mezcla de sorpresa y una vergonzosa familiaridad, me recorrió la espalda. En ese instante, comprendí con una claridad absoluta la trampa de mi deseo y el irrevocable de mi nuevo destino. Mi único camino ahora era aceptar mi lugar: ser una esposa y una madre.





Tal vez hoy seas una mujer completa

  


"Estoy sorprendida de lo bien que te ves después de tomar esa píldora rosa", me dijo mi madrastra.

"¡Mamá, pensé era un antigripal!", contesté confundido.

"No la hubieras tomado si te decía la verdad pero mírate ¡Cariño, cuerpo suave, pechos, caderas femeninas, lindo rostro femenino! ¡Eres una niña! Ahora pruébate estos vestidos"

"¡Pero no quiero vestirme así!", me lamenté.


 

"No te preocupes, te acostumbrarás a los vestidos, faldas, medias, medias y tacones altos. ¡El vestido es perfecto para que tu hombre te lo levante cuando te lo haga!"

"¡Devuélveme mis pantalones!", lloré en voz alta.

"¡Ya no usarás pantalones, Mariana! Y ahora, vámonos, mi hermano te está esperando, tal vez hoy te vuelva una mujer completa".